MITO. ÁRBOL Y COMETA AL VIENTO

 

María Cristina Úsuga Soler
Historiadora y correctora de estilo

Fue en ese mismo tiempo impreciso en el que transcurre la historia cuando se empezó a escribir este libro, aunque el niño que fue Marco —fascinado como estaba recolectando artilugios para equipar el barco en el que navegaría junto a Mito en las nubes gordas del Caribe— no lo sabía.

Lentamente, año tras año, con la firme calma con que algunas semillas cautelosas se abren paso en la tierra sobreviviendo a todas las estaciones, las letras que le enseñó Mito se fueron organizando en palabras que le venían como ráfagas desde un territorio más allá de la memoria. Él las evadía o las ensartaba para decir los otros caminos por donde ha conducido su vida: la Medicina, la música, los hijos, la Filosofía, la familia, los amigos, o algún cuento díscolo que se perdió entre las dudas y el tiempo.


Espejo bruñido, pomo con polvos perfumados, cometa mensajera, mariapalito abandonada, tierra mojada, Mito, barco de sueños, río espeso, sueste, ángel vencedor, milagro, fe, calle inundada, campanario iluminado por un rayo, secreto del secreto, rabia amasada con barro, artilugio y móviles perpetuos, Grillo cansado, aguaceros premonitorios, pájaros sin jaula, pañuelos apretados entre el puño, una vida marchitada, piedras que hablan, ojos perdidos, pararrayos, rosarios y oraciones, pecado, indulgencia, perdón, promesas, reloj de cuerda, peces que refulgen a la luz de la Luna, caimanes amaestrados, una radio en la que suena para siempre «La voz de América», las mandarinas amargas que se comía un niño triste, un hombre insomne hablando inglés en el silencio de una noche que no era la suya, los sueños de una gloria decadente… Todo confluye en un anciano enorme, de piel fulgurante y translúcida, atado al naufragio eterno de una soledad a la que duele asomarse.

Yo lo vi llorar tocando el filo delgadísimo de ese abismo al que todo mortal teme. Ya no era el niño sentado en las piernas de Mito, protegido en un mundo de fantasía que nadie cree que fue real; era el hombre enfrentado a sus propios demonios, a la decadencia del amor, a la imposibilidad de comprender que ya no podría contener por más tiempo todas esas voces que veía acallando desde que se fue con su maleta y sus sueños y sus luchas y dejó atrás su ciudad, las calles inundadas de recuerdos y de fantasmas de golondrinas. También quiso dejar atrás a Mito —sumido en un duelo eterno condenado al silencio—, y a Mito, este libro.

Al fin, una tarde, acosado por su propia soledad y por los delirios de la pandemia, abocado a no poder seguir huyendo, Marco dejó de cubrir con todo el peso de su cuerpo aquel boquete por donde esta historia se estaba derramando incontenible. Allí empezó un viaje definitivo hacia el pasado y en todas las direcciones del tiempo.

Temblando, descubrió el espejo en el que estaban atrapados antiguos espectros. Caminó los pasillos silenciosos de la casa de la 23 y se sintió intruso entre las voces que como mariposas se despertaban a su paso y junto con sus alas sacudían viejos secretos. Descorrió los visillos endurecidos por el polvo acumulado durante décadas, y entre esas nubes grises se dibujaron rostros que creyó perdidos para siempre.

Regresó al solar abandonado a sentir con las yemas de los dedos los fantasmas de los árboles que ya no están allí y la piel se le impregnó con el olor embriagador de las guayabas y de los mangos arrebolados. Pegó la oreja al suelo para escuchar el ladrido tenue de Sultán, que lo estaba esperando paciente, con sus huesos fríos bajo la tierra húmeda. Se inclinó sobre el recuerdo de la larga mesa de madera maciza y volvió a recorrer la maqueta del barco que Mito armó con precisión de ingeniero: el comején había hecho estragos, y con el primer suspiro la quilla y las cuadernas se deshicieron en el aire.

Entre un bolsillo, sin que aún lo sepa explicar, encontró un fragmento de marmaja, la piedra parlante que lo aterrorizó aquella tarde de tormenta, y, al fin, derrotado, se sentó a llorar por un duelo que no era el suyo, por un amor que no era el suyo, por una soledad que no era la suya.

Mientras lloraba, flores extrañas se anudaron a sus tobillos y se enrollaron en sus pantorrillas, al tiempo que todas las historias que tenía atoradas en el alma danzaban un fandango arrebatado.

Así se escribió este libro.

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